Una visión joven sobre el indigenismo latinoamericano: religión, capitalismo y espera...
Que rápido pasa la vida del indígena, con ese paso lento pero constante que nunca deja de añejar su mirada, de raspar la piel, de desgastar el alma. Caminan y caminan y caminan sobre la línea de la historia por ese mismo sendero rocoso, lleno de tierra y que siempre es de subida; un camino estrecho dónde el pasado, el presente y el futuro se conjuntan y sólo son uno, dónde la vida sólo es vida y los sueños sólo son sueños. Mientras avanzan con el sol de frente su sombra no se cansa y ellos no ceden ante el peso de arrastrarla, inmensa por todas las historias de antaño y las leyendas de los antepasados, de grandes dioses y ciudades majestuosas; recuerdos heredados que componen la esperanza y los paraísos del futuro también. Es por eso que cada paso es nostalgia y anhelo, tristeza y alegría, antes y después, y lo único que queda en medio de todo eso es vivir, o sobrevivir para llegar algún día.
Sobre la misma subida buscan llegar al mismo valle verde del que partieron y tras siglos de andar, confundidos por santos, perdidos por nuevas promesas, dolidos por miles de heridas… la ruta que recorren es ya un misterio. El tiempo sobre el que respiran es otro mientras el mundo crece a su lado, invadiéndolos sin tener idea de cómo convivir, sin saber si acoplarlos, aislarlos, ayudarlos o volverlos a pisar. Mientras tanto ellos sólo piden un poco de dignidad y supervivencia: el instinto más básico de cualquier cultura.
Un indígena no es sólo el mismo, sino toda su raza y toda la raza es sólo uno; tal vez por eso puedan perforar los ojos con la mirada, o seguir avanzando con inercia que se extiende mucho más de lo que dos rodillas humanas pueden aguantar, o… o…
Que rápido pasa la vida del indígena… Que rápido deja el niño la pelota; que rápido aprende lo que es trabajar; que rápido se convierte el adolescente en esposo y la adolescente en madre; que rápido se repite el círculo. Los esposos se vuelven abuelos y los abuelos ancianos. Tan rápido que al ver su cara llena de arrugas parece envejecerse cada segundo enfrente de tus ojos, y en su mirada aún está el niño y la niña que recuerda apenas haber dejado de jugar como si fuera ayer.
Ningún hombre es más hombre y ninguna mujer es más mujer porque sólo son eso, y dentro de ese papel son todo: niños, niñas, trabajadores, recolectoras, amantes, invasores, entregadas, jefes de familia, amas de casa, padre, madre, ejemplo, protectores, consoladoras, sabios, sabias, familia, comunidad, historia, caminantes de principio a fin de su vida; dentro de un principio que fue hace demasiado y de un fin completamente incierto, como mariposas perdidas en una migración eterna… aleteando por naturaleza.
Diego Morales