La mayoría de organismos, público o privados, gubernamentales o no, hacen un énfasis en el cambio de leyes para organizar los cambios en las prácticas autoritarias o racistas o discriminadores o auto-excluyentes. Los cambios de orden simbólico son considerados, casi desde una perspectiva althousseriana, que vendrán con el tiempo. Caerán por su propio peso, o algo así. Lo cual es un gran error, porque es necesario primero “hacer conciencia” sobre las formas que tenemos para vincularnos simbólicamente con los demás y entender que la manera de formar una nación democrática e inclusiva será, no sólo tolerando al otro —en este contexto la tolerancia casi se entiende como “aguante”— , sino entendiendo que nosotros no existimos sin el otro. La supervivencia de la especie siempre será comunitaria. Entre todos. Sin el rostro del otro que nos devuelve nuestro propio rostro no podemos ni ser ni existir.
¿Cómo hemos construido la “otredad” en el Perú contemporáneo sino contruyendo alteridades a las que miramos desde dos perspectivas que no ayudan para nada: con desprecio o con asco y miedo?
Es así que, por ejemplo, en el debate sobre lenguas originarias en el Congreso del Perú el año pasado, la discusión entre Martha Hildebrandt y María Sumrire se produjo desde dos jerarquías organizadas de manera sustancialmente diferente. Hildebrandt se asume “doctora”, es decir, con conocimiento, pero además, blanca y criolla y le gusta hacer énfasis de su apego al autoritarismo —“me encantan los autócratas” ha comentado hace poco refiriéndose a Alan García y su supuesta mano dura— por eso mismo desprecia en el discurso y los hechos a Sumire, a quien no respeta porque considera que “no tiene el conocimiento”. Pero además porque, como sostiene lúcidamente Virginia Zavala en un artículo publicado en El Comercio, ejerce su dominio aposentada en una supuesta “superioridad cultural”. Se trataría de una especie de “racismo cultural”.
Este “racismo cultural”, que no está centrado en el color de la piel sino, precisamente, en la lengua de origen o en la formación educativa del otro, es decir, en los “errores” de pronunciación del castellano, quechizándolo, o en los problemas por “ignorar” el conocimiento —cuando no tendrían por qué no ignorarlo— es otra de las maneras para acentuar las jerarquías, sobre todo, en ese espacio construido desde las jerarquías letradas y lingüísticas. Lo que el crítico uruguayo Angel Rama llamó “la ciudad letrada”.
La “ciudad letrada” es un término que introduce el teórico uruguayo Ángel Rama para vincular los espacios de poder político que organizar el imaginario simbólico de un país. Estos espacios muchas veces están vinculados estrechamente con sus clases letradas —abogados, jueces, legisladores, ministros pero también intelectuales y escritores— y donde se producen las leyes y normativas. Hoy en día la “ciudad letrada” se ha desterritorializado y también anida en espacios académicos fuera de América Latina como los centros de investigación y universidades con programas de estudios latinoamericanos en Estados Unidos y Europa, las revistas y diarios en español e inglés, entre otros. Algunos autores más radicales – Jean Franco— consideran que la ciudad letrada está “cayendo” y resurgiendo una ciudad mediática que, a su vez, organiza la idea de nación desde sus planes y perceptivas.
En todo caso recordemos que son las elites quienes manejen los hilos, tanto de la ciudad letrada, como de la nueva ciudad mediática. El dominio se ejerce desde la elites organizando a las grandes mayorías como seres a los cuales se les debe tutelar sino desechar de arranque. Esta manera de pensar, que definitivamente ha tenido uno de sus momentos cúspides en las intervenciones de Martha Hildebrandt o en las de Laura Bozzo, para hablar de la ciudad mediática, se organiza sobre una manera de “relacionarnos” desde discursos autoritarios.
Este tipo de discursos autoritarios se basa en una cultura patriarcal y colonial y opera a través de lo que llamo basurización simbólica, es decir, una forma de organizar al otro como elemento sobrante de un sistema simbólico, en este caso la nación peruana, a partir de conferirle una representación que produce asco. Este asco —que es un sentimiento poderoso y no se le debe naturalizar sino interpretar en la medida de la cultura que lo permite— deviene en una forma de rechazo de la otredad y cohesión de la mismidad a partir de una propuesta de jerarquización de las diferencias.
La basurización consiste en “la puesta en escena de mecanismos de descongestión del centro gracias a un uso estratégico de sus residuos. Estos residuos deben ser comprendidos a un nivel material y discursivo a la vez” (Daniel Castillo, en su ensayo “Culturas excrementicias”). Considero que este proceso no sólo funciona como una manera de crear centros y periferias económicas y sociales sino de re-localizar a las personas dentro de sistemas más amplios que sus comunidades locales (ergo, la comunidad nacional). Por eso adjunto el adjetivo “simbólica” a la primera conceptualización de Castillo.
Los discursos autoritarios y basurizadores no se limitan a aquellos que manejan los grupos más radicales (subversivos, militares, grupos racistas) sino que son la forma cómo los peruanos han creído y siguen creyendo que funciona la política pública, forma que se condensa en lo que algunos analistas llaman “moral criolla” (Portocarrero), otros “cultura del tutelaje” (Nugent) y otros simplemente “ambigüedad ética”. El análisis de estos discursos, así como de las prácticas excluyentes que los justifican, permitirá aclarar la dimensión simbólica de la violencia supérstite.
En el caso concreto de Laura Bozzo, por ejemplo, ella se posiciona ante el espectador como una de las “poderosas” de esta ciudad mediática, asumiendo el rol de supra-defensora de las mujeres pobres y de sus hijos, insultando directamente a los “padres desnaturalizados” o a los “maridos machistas”. Esta performance no sólo contribuye a fomentar los estereotipos masculinos y femeninos, sino que inclusive organiza la identidad de las mujeres pobres como seres abyectos que necesitan de ser tutelados. Utilizando una terminología feminista y jurídica, Bozzo estructura su discurso como una defensa de la mujer, sustentándolo superficialmente sobre la base del requerimiento de justicia, pero erigiéndose a sí misma como la representación más alta y solvente de la justicia práctica —más allá de la justicia burocrática— que soluciona los problemas con catarsis de llanto y compasión en cada uno de sus programas. De esta manera las mujeres que asisten a ellos sólo pueden exigir “compasión” y no reivindicaciones concretas perennizando el modelo de ciudadanía y tutelaje en el que se sustenta los estados latinoamericanos desde el siglo XIX.
En el caso de Martha Hildebrandt, como sostiene Zavala, “su discurso y su práctica no revelan una real preocupación por estos cambios en los pueblos indígenas. Al decir con desprecio que nadie sabe lo que es el idioma piro o que hay lenguas en extinción de 500 hablantes “perdidos por ahí”, la Dra Hildebrandt mostró una falta de perspectiva frente a los procesos históricos de racialización de las lenguas en el Perú”. Esto es muy preocupante pues, de alguna manera revela, y sigo parafraseando a Virginia Zavala, que es multiculturalismo se ha vuelto un asunto totalmente decorativo y sirve como un dispositivo de dominación porque no se cuestiona la desigualdad económica.
Asimismo el multiculturalismo desde esta “forma de asumirlo”, como una necesidad políticamente correcta de situarse frente a las instituciones, pero sólo como un engranaje falso que no produce ni destila absolutamente nada, además de marginación, es totalmente peligroso. Este multiculturalismo es el velo que permite ligeros cambios para seguir manteniendo todo como siempre: la desigualdad, la subalternidad, los discursos autoritarios y basurizadores.
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Revisado - Cuarto Ciclo 1 - 13/05/2010
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